Ruth
Ruth A la señora Bellingham la jovencita le pareció tan desesperada que en caso de no obtener una respuesta, hubiera podido irrumpir en la habitación. Por ello, le respondió:
—Ha dormido bien. Está mejor.
—¡Oh, Dios mÃo, gracias! —murmuró Ruth, dejándose caer contra la pared.
Ver a aquella desgraciada muchacha que agradecÃa a Dios por la vida de su hijo fue demasiado para ella. ¡Como si verdaderamente pudiera tener algo con él, hasta el punto de osar dirigirse al Omnipotente en su favor! La señora Bellingham la contempló con ojos frÃos y despectivos, lanzándole una mirada similar a la de una flecha de hielo; Ruth se alejó temblando de los pies a la cabeza.
—Jovencita, si le queda un mÃnimo de decoro y decencia, no se atreverá a entrar en la cámara.