Ruth
Ruth SR. BELLINGHAM, UN «ELEGANTE» CABALLERO
Si el señor Bellingham no sanó inmediatamente, fue más bien por sus quejidos y caprichos legados a su gran debilidad, que por algún sÃntoma médico desfavorable. A la vista de la comida, preparada con aquel descuido que le provocaba náuseas incluso cuando estaba bien, agitaba rabiosamente la cabeza disgustado. La situación no mejoró ni siquiera cuando se le comunicó que Simpson, la cocinera de su madre, supervisaba personalmente cada paso en la preparación de las comidas. Él la insultaba, rechazando y tachando de repugnantes incluso los platos más exquisitos; la señora Morgan se lamentaba de su comportamiento mascullando improperios que la señora Bellingham fingÃa no escuchar, esperando que su hijo recuperara fuerzas para poder viajar.
—Parece que hoy estás mejor —dijo la señora Bellingham mientras su criado estaba empujando el sofá junto a la ventana de la habitación—. Mañana te bajaremos al piso de abajo.
—Si fuera para alejarme de este horrendo lugar, bajarÃa incluso yo solo, pero comienzo a pensar que permaneceré prisionero por siempre entre estas paredes. No me curaré jamás aquà dentro, estoy seguro.
