Ruth
Ruth El señor Bellingham suspiró de nuevo en su sillón, desesperado e irritable. Más tarde vino el médico y la señora Bellingham le preguntó inmediatamente sobre la posibilidad de viajar con su hijo. El doctor, que ya había notado la misma impaciencia porque llegara ese momento conversando con la señora Morgan en el piso inferior, no interpuso ningún obstáculo. Cuando se marchó el doctor, la señora Bellingham se aclaró la voz varias veces y el señor Bellingham reconociendo el habitual preludio, se estremeció nervioso.
—Henry, te debo hablar de una cosa; se trata de un asunto desagradable, esto es cierto, pero me ha obligado esa muchacha; ya sabrás a qué me refiero así que no hay necesidad de que te dé más explicaciones.
El señor Bellingham se giró bruscamente hacia la pared y se preparó para el sermón, escondiendo el rostro de la mirada de su madre; en cualquier caso, ella misma estaba demasiado agitada como para mirarle a la cara.
—Naturalmente —continuó—, era mi intención pasar por alto esta aventura, pero no te puedes imaginar hasta qué punto la señora Morgan se ha ido de la lengua y por desgracia, ahora está en boca de todo Fordham. Está claro que no me resulta agradable, o mejor dicho, apropiado, enterarme de que una persona con tan mala reputación ha estado bajo el mismo… perdona, querido Henry, ¿qué estás diciendo?