Ruth
Ruth Pensó entonces en que la religión tenía el poder de dulcificar su disciplinado corazón, pero entendió que no habría servido de nada. Después, casi suspirando, dijo:
—En nombre de su madre, viva o muerta, le ordeno que permanezca aquí hasta que esté en situación de hablarle.
Ruth se arrodilló a los pies del sofá, haciéndolo temblar con sus sollozos. Su corazón estaba agitado y él casi no se atrevía a retomar la palabra. Finalmente habló:
—Sé que no se marchará —no podrá—, por amor a ella. No lo hará, ¿verdad?
—No —susurró Ruth con un gran vacío en el corazón. Estaba tranquila, pero había perdido cualquier esperanza.
—Y ahora, ¿hará cuanto yo le diga? —dijo el señor Benson gentilmente, pero, sin ser consciente de ello, con el tono de quien ha descubierto el encanto secreto con el que gobernar los espíritus.
Ella, dubitativa, respondió con un sí, pero contra su voluntad.
El señor Benson llamó entonces a la señora Hughes, que estaba en el local contiguo.