Ruth

Ruth

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—¿Yo? Por supuesto que no, señora —dijo la sirvienta, irguiéndose, toda rígida como si le fuese en ello la virtud.

—Estoy segura, señora, que no espera usted que lo haga; después de una cosa similar, no tendría el coraje de vestir a una mujer de sanos principios.

—¡Tranquila, tranquila! No se alarme; estoy de acuerdo con usted. A propósito, la noche pasada la camarera de la posada se ocupó de los lazos de mi vestido y los ha anudado y desgarrado terriblemente. Es muy inoportuno —dijo volviendo a sus meditaciones sobre Ruth.

—Si me permite, señora, hay una cosa que podría dar un giro a la situación. Si no me equivoco, ayer incluyó un talón en la carta que le dejó a la joven.

La señora Bellingham hizo un gesto de asentimiento y la criada continuó:

—Lo digo, señora, porque tengo razones para pensar que cuando el hombrecito deforme escribió aquella nota (hablamos del señor Benson, señora), ni él ni la señora Morgan estaban al corriente de tal suma de dinero. La camarera y yo encontramos su carta y el talón tirados en el suelo de la habitación, como si fuera basura; creo que la muchacha se puso a correr desesperadamente fuera de la posada después de su partida.


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