Ruth

Ruth

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—Se halla en un estado de extrema debilidad; sus nervios deben haber sufrido un fuerte trauma.

Prescribió muchos cuidados, tranquilidad y misteriosas medicinas, pero reconociendo que éstas tenían resultados inciertos, muy inciertos. Cuando se fue, el señor Benson cogió un libro de gramática galesa y trató de hacer frente —de nuevo— a las enigmáticas reglas regidas por la metafonía, pero sin éxito, porque su mente estaba centrada en el estado, entre la vida y la muerte, de aquella joven que hasta poco tiempo antes saltaba alegremente.

La sirvienta, el equipaje, el carruaje y el cochero llegaron a su destino antes de mediodía y entregaron la carta. La señora Bellingham se disgustó extremadamente. Era ésta la peor cara de este tipo de relaciones: no había modo alguno de prever las consecuencias; eran infinitas. Tendría que satisfacer todo tipo de reclamaciones y cualquiera podría intervenir en sus decisiones. ¡Enviarle a mi criada! Qué estupidez, Simpson no iría aunque se lo ordenara. Éstas fueron las palabras que mascullaba mientras leía la carta; después, girándose de improviso hacia su criada predilecta, que escuchaba atentamente las reflexiones de su patrona, dijo:

—Simpson, ¿le gustaría asistir a aquella muchacha, como este —dio una ojeada a la firma— señor Benson, quien quiera que sea, propone?


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