Ruth
Ruth —No hay nada que debas agradecerme. Es prácticamente imposible no ser amable con ella; ¡es tan humilde y cortés, tan paciente y llena de gratitud!
—¿Qué piensa hacer?
—¡Pobrecita! Piensa alojarse en alguna parte, en un albergue económico dice, y pretende trabajar dÃa y noche para ganar cuanto necesita un niño. Porque, asà me lo ha dicho con un convencimiento que me ha hecho enternecer, «no conocerá jamás la necesidad, no importa qué tenga que hacer. ¡Yo merezco sufrir, pero él será un angelito tan inocente!». Me temo que no ganará más de siete u ocho chelines a la semana. ¡Es tan joven y adorable!
—Están esas cincuenta libras esterlinas que la señora Morgan me ha entregado y aquellas dos cartas. ¿Está ya al corriente?
—No, pienso que es mejor no decÃrselo hasta que no esté un poco más recuperada. ¡Oh, Thurstan! Quisiera que no existiese ese niño. De verdad… hubiera pensado un modo para ayudarla si no estuviera ese niño.
—¿Qué quieres decir?