Ruth
Ruth El salón de baile era todavía más imponente de lo que Ruth había imaginado. Las figuras dibujadas en la pared trasera de la escalera, a baja luz, parecían espectros que observaban con la mirada fija, más allá de los oscuros tapices.
Las jóvenes costureras debían acomodar sus utensilios sobre las mesas de la antecámara y dejarlo todo preparado antes de aventurarse a curiosear en la sala de baile, donde los músicos afinaban ya sus instrumentos y una o dos mujeres de la limpieza —¡qué extraño contraste entre su mugriento atuendo, tan andrajoso, su charloteo incesante y el eco majestuoso del salón!— terminaban de desempolvar bancos y sillas.
Las mujeres de la limpieza abandonaron el salón cuando Ruth y sus compañeras entraron. Si en la antecámara habían charlado con ligereza y alegría, ahora enmudecieron impresionadas ante la regia magnificencia del enorme recinto: era tan grande que apenas se distinguían los objetos situados al otro extremo de la sala, como a través de la neblina.