Ruth
Ruth Transcurrió otro día y así llegó el domingo. La casa estaba impregnada de una profunda paz. Incluso los movimientos de Sally, eran menos acelerados y bruscos. El señor Benson parecía investido de una nueva dignidad, tanta que, la serena y circunspecta compostura de su espíritu, hacía olvidar su deformidad física. Dejaron a un lado las preocupaciones cotidianas. La noche anterior un espléndido mantel nuevo de vivos colores cubría la mesa; exuberantes flores colmaban los jarrones. El domingo, en aquella casa, era un día jubiloso y sagrado. Después del desayuno, que tenía lugar de buena mañana, se escuchaba un corretear de piececitos en el estudio del señor Benson, ya que éste impartía clases a los niños. Era una especie de escuela dominical doméstica, en la que las rígidas y tediosas habituales lecciones, eran sustituidas por amenas charlas entre maestro y alumnos. La señorita Benson se ocupaba igualmente de un grupo de traviesas niñas, bien acicaladas con sus estolas, sentadas en el saloncito. Era mucho más meticulosa en su proceder con la lectura y ortografía, de cuanto lo era su hermano con sus propios alumnos. Sally, creyendo que su ayuda era necesaria, impartía sus enseñanzas desde la cocina, aunque a menudo, éstas eran cuanto menos inapropiadas. Por ejemplo, a una pequeña bastante torpe y regordeta a quien la señorita Benson estaba afanosamente explicando el significado de la palabra «cuadrúpedo», le gritó: