Ruth
Ruth —Quizá podrÃa encargarme de cosas más simples, como zurcidos o remiendos —continuó Ruth con humildad—. Eso sà lo sé hacer bien; me lo ha enseñado mi madre, me gustaba aprender de ella. ¿SerÃa tan amable de correr la voz? PodrÃa hacer este tipo de trabajos de un modo cuidado, puntual y económico.
—GanarÃa seis peniques al dÃa, como mucho —replicó la señorita Benson—. Además, quisiera saber quién se encargarÃa del bebé. Es muy fácil que enferme si está descuidado. ¿Está de acuerdo conmigo? PodrÃa enfermar de laringitis o de tifus en menos que canta un gallo, o correr el riesgo de quedar reducido a cenizas en un incendio.
—He pensado en todo. ¡FÃjese cómo duerme! Tranquilo, tesoro —justo en aquel momento el niño comenzó a llorar, mostrando su determinación de permanecer despierto, como si quisiera contradecir las palabras de su madre. Ruth lo cogió y mientras lo paseaba en brazos por la habitación, continuó hablando.
—SÃ, sé que ahora no dormirá, pero duerme muchas horas y de noche nunca se despierta.