Ruth

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—Bien Sally, mañana tendrá tiempo suficiente para preparar su salvación, y ya que en Inglaterra no tenemos langostas, y de todos modos, no creo que le sentaran muy bien al señorito Thurstan, prepararé yo misma el pudin. Y pondré todo mi empeño en cocinarlo bien, no sólo para saborearlo, sino porque existen dos maneras de hacer las cosas, una justa y otra equivocada. La primera consiste en hacerlas lo mejor que podemos, como si Dios nos espiara; la segunda, en obrar con espíritu egoísta, lo que nos lleva a descuidarlas, obsesionados en buscar los medios que nos ayuden a conseguir nuestros fines, o a dedicarles un tiempo y reflexión excesivos, antes o después de haberlas hecho. Pues bien, esta mañana cuando he visto que hacías las camas, me han venido a la memoria, aquellas palabras de mi vieja patrona. Suspirabas de tal modo que casi no tenías fuerza de sacudir las almohadas; tu mente se hallaba en otra parte, aunque ésa es la obligación que te ha impuesto Dios. Sé muy bien que no es el tipo de trabajo del que hablan los sacerdotes en sus sermones, pero no creo que difiera de aquéllos cuando recitan: «Cualquier cosa que debáis hacer, hacedla con todas vuestras fuerzas»[61]. Prueba, aunque sea por un sólo día, a realizar tus pesadas tareas, adecuada y correctamente como si estuvieras bajo la atenta mirada de Dios, y no de cualquier manera. De este modo, trabajarás con alegría y no tendrás tiempo de llorar ni suspirar.


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