Ruth

Ruth

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Sally se apresuró a calentar la tetera, y en la quietud de la cocina se avergonzó un poco de la prédica que había pronunciado en el saloncito. Pero se sintió satisfecha de observar como después de su sermón, Ruth se volcó en su hijo con una energía y alegría que se reflejaban en el bebé y no vio más rastro de flaqueza e indiferencia cuando realizaba sus tareas domésticas, dando un giro a su percepción de que las obligaciones y la vida misma eran desagradables. Si bien Sally se atribuyó todo el mérito de aquella mejora en su actitud, lo cierto es que la señorita Benson tuvo también un papel importante en su transformación. En efecto, un día mientras estaba sentada junto a Ruth, la señorita Benson le habló del niño y de su propia infancia. Sin darse cuenta la conversación se centró en la educación y en como la cultura de los libros forma parte integrante de la misma. El resultado fue que Ruth decidió madrugar en las soleadas mañanas estivales para adquirir una instrucción que poder transmitir a su pequeño. Su mente era inculta y su lectura muy pobre. Salvo los más básicos conocimientos, nada sabía, pero tenía un gusto refinado, un excelente sentido común y gran capacidad para juzgar y discernir lo real de lo ficticio. Con estas cualidades, comenzó a estudiar bajo las indicaciones del señor Benson. Por la mañana temprano, leía los libros que él le seleccionaba; se empeñó con férrea perseverancia en poner toda su atención en las sabias directrices del señor Benson; no trató de cultivar una lengua extranjera, aunque tenía la ambición de aprender latín para enseñárselo a su hijo. Aquellas estivales mañanas fueron felices porque Ruth aprendió a no preocuparse por el futuro ni a pensar en el pasado, sino a vivir el presente con pasión y determinación. Se alzaba cuando el gorrión cantaba el despertar a su compañera. Se vestía y abría las ventanas, no sin antes proteger a su bebé de la suave brisa y de la luz solar del este. Cuando se sentía cansada, lo contemplaba mientras rezaba santas plegarias por él. Luego, asomada a la ventana, observaba el páramo ensombrecido de ondas que se perseguían las unas a las otras, en la luz fría y gris de la mañana. Y así, de tanto en tanto, se relajaba, para retomar con fuerza su trabajo.


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