Ruth
Ruth Mientras el resto entraba lentamente en la capilla, Jemimah permanecía seria y tranquila en la vieja sacristía, contigua a la misma. Desde allí observó la palidez de Ruth y pensó que su temerosa expresión se debía a la lamentable ausencia del padre de su hijo; pero Ruth se presentaba ante Dios como una persona «perdida» y dudaba si realmente era digna de ser llamada Su hija; como una madre que cargaba a sus espaldas una pesada responsabilidad y que suplicaba el amparo del Omnipotente para eximirla de semejante lastre; llena de un amor vivo y apasionado y con una desesperada necesidad de alcanzar una mayor fe en Dios, para apaciguar la desconfianza y el miedo que sentía pensando en el futuro que tenía reservado para su más preciado tesoro. Sumida en estas reflexiones, comenzó a temblar y a sentirse mal, pero cuando escuchó hablar de la gentileza amorosa de Dios, que superaba con creces el tierno amor de una madre, se calmó y entró en un estado de paz y oración. Estaba allí, con su pálida mejilla apoyada sobre la pequeña cabeza de su hijo, mientras éste dormía acurrucado en su pecho; tenía sus lívidos párpados entrecerrados y en vez de mirar la sala, similar en su aspecto a aquel de una casa de campo, observaba con intensidad una especie de tupida niebla, a través de la cual le hubiera gustado contemplar la vida que se desplegaba ante su hijo; pero la niebla era densa y quieta, un velo demasiado espeso para que el angustioso amor humano pudiera penetrarlo. El futuro se hallaba escondido en la mente de Dios.