Ruth

Ruth

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El señor Benson se encontraba bajo la ventana situada en lo alto de la sala. Estaba casi en penumbra, excepto por dos rayos de luz que caían sobre su cabellera, teñida ya de un blanco plateado; su voz —demasiado débil para llegar a una multitud sin hacerla parecer áspera y extravagante—, cuando hablaba para un grupo reducido, tenía una cadencia profunda y musical y en aquel momento llenaba el pequeño habitáculo con un sonido suave, similar al arrullo materno de una paloma con sus crías. Al igual que Ruth, se olvidó de todo, perdido en la profundidad de sus pensamientos. Cuando dijo: «Oremos», y la pequeña congregación se arrodilló, estaban todos tan absortos en aquella atmósfera solemne, que en el silencio general se podía escuchar la ligera respiración del bebé que suspiraba suavemente. La plegaria se alargó; los pensamientos se sucedían, los miedos se apilaban unos sobre otros y se desnudaron ante Dios para pedirle ayuda y consejo. Antes del final de la ceremonia, Sally salió silenciosamente al patio de la capilla, pasando por la puerta de la sacristía. La señorita Benson, percatándose de su huida, quedó tan intrigada que ya no pudo prestar atención a su hermano; no deseaba otra cosa que correr tras ella e interrogarla en cuanto le fuera posible. La señorita Bradshaw merodeaba alrededor de Ruth y del bebé, suplicando que le permitieran tener al niño en brazos durante el trayecto de vuelta a casa, pero Ruth aferró con fuerza a su pequeño, como si el pecho de su madre fuese su único refugio seguro. El señor Benson se dio cuenta de su gesto y de la expresión de desagrado de la señorita Bradshaw.


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