Ruth

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—Venga con nosotros a casa —dijo— y quédese a tomar el té. Desde que ha comenzado la escuela no hemos tenido el gusto de tomar el té con usted.

—Me gustaría mucho —dijo la señorita Bradshaw ruborizándose de alegría—, pero debo pedir permiso a papá. ¿Puedo ir a corriendo a casa a preguntárselo?

—¡Por supuesto, querida!

Jemimah echó a correr y para su fortuna encontró a su padre en casa, porque el permiso de su madre no hubiera sido suficiente. Recibió muchas indicaciones sobre el comportamiento que debía tener:

—No metas el azúcar en el té, Jemimah. Estoy seguro de que los Benson no pueden permitirse el azúcar con sus precarios medios. Y no comas mucho; puedes cenar todo aquello que quieras cuando vuelvas; recuerda que para ellos es muy costoso mantener a la señora Denbigh.

De este modo, Jemimah regresó con mucho menos entusiasmo y con el temor de que el hambre le hiciese olvidar la pobreza del señor Benson. Entre tanto, la señorita Benson y Sally, puestas al corriente de la invitación que el señor Benson había hecho a Jemimah, se pusieron a preparar las excelentes pastas de té, de las que estaban tan orgullosas. Ambas disfrutaban con los preparativos que comporta la hospitalidad y se alegraban de poder ofrecer a sus invitados aquellas apetitosas exquisiteces caseras.


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