Ruth
Ruth Luchaba por olvidar todo lo que le había sucedido antes de aquellos últimos doce meses. Sentía escalofríos con sólo pensarlo; era como una terrible pesadilla. Y sin embargo, sentía una extraña y tormentosa especie de amor hacia el padre de su hijo que en aquel momento estrechaba contra su pecho: aquel niño había llegado y ya no podía imaginar su vida sin él (no obstante fruto de su pecado), porque en su pensamiento, era puro y simple como sólo quien está cerca de Dios, puede serlo. El pequeño Leonard jugaba con las flores deslumbrado por sus vivos colores. Ruth lo dejó sobre aquella seca alfombra herbácea, acariciándole con los pétalos variopintos. El niño balbuceó, lanzó pequeños gritos de alegría y se aferró al cabello de su madre apartándoselo del rostro. Los rizos de ella, cortos y espesos, aparecían de un castaño dorado bajo la clara luz del sol y, precisamente por tener el cabello tan corto, tenía un aspecto aún más aniñado. Difícilmente se habría imaginado jamás que podría ser la madre de aquel precioso bebé junto al que estaba arrodillada, ora robándole besos, ora combinando pétalos de rosa con sus mejillas.