Ruth

Ruth

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—¡Jovencita! Las cosas eran distintas en mi juventud —dijo—. Con un chelín se podían comprar treinta huevos y una libra de mantequilla costaba solamente seis peniques. Cuando llegué aquí, mi salario era tan sólo de tres libras, pero para mí era suficiente y lo tenía todo limpio y ordenado, cosa que no puedo decir de muchas jóvenes que ahora ganan siete u ocho libras al año. Por la tarde, cuando queríamos beber algo, preparábamos el té y tomábamos el pudin antes que la carne, y así dosificábamos mejor nuestros gastos. ¡Caramba! Pensamos que han avanzado los tiempos, y sin embargo no hacemos más que retroceder. Después de darle vueltas a la cabeza pensando en la degeneración de los tiempos, Sally retomó una cuestión sobre la que creía que Ruth se había hecho una idea equivocada.

—No pienses que gano tres libras al año. Ahora mi salario es mucho mayor. Debes saber que ya la vieja patrona me daba cuatro libras, porque ella misma decía que me las merecía. Y en mi corazón, así lo sentía, por eso las aceptaba sin remordimiento alguno. Pero tras su muerte, el patrón Thurstan y la señorita Faith, al calcular su balance de gastos, me dijeron un día mientras les servía el té:

—Sally, hemos considerado justo aumentar su salario.


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