Ruth

Ruth

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—Siempre está armando alguna trastada —así lo describía Sally en aquel periodo, pero no eran travesuras mal intencionadas, y la propia Sally hubiera sido la primera en arremeter contra cualquiera que empleara esas mismas palabras para referirse a su angelito. Es más, en una ocasión estuvo a punto de dimitir al considerar que el niño había sido injustamente tratado. Los hechos se sucedieron del siguiente modo: por un cierto periodo de tiempo, Leonard había mostrado un extraño y singular desprecio por la verdad. Se inventaba historias y las contaba con una expresión tan seria que generalmente— aparte de aquellas que contenían falsedades evidentes (como aquélla en la que describió cómo había visto una vaca con una cofia), —le daban credibilidad; alguna vez sus afirmaciones, teniendo toda la apariencia de referir un hecho realmente acaecido, habían tenido desagradables consecuencias. Los tres sufrían mucho ante aquella aparente incapacidad de Leonard de discernir la realidad de la fantasía. No estaban acostumbrados a tratar con niños, de lo contrario, hubieran entendido que se trataba de una fase que atraviesa la mayor parte de ellos, dotados como están, de una vivaz imaginación. En consecuencia, una mañana tuvieron una reunión en el estudio del señor Benson. A la misma asistió también Ruth, taciturna, palidísima y con los labios fruncidos, consternada al escuchar a la señorita Benson hablar de la necesidad de castigar duramente a Leonard con la intención de que cejara en su empeño de contar mentiras. El señor Benson tenía una expresión triste y embarazosa. Para todos ellos, la educación no era más que una serie de experimentos y todos, en secreto, temían terriblemente viciar a aquel jovencito, tesoro de sus corazones. Quizá fue precisamente la intensidad de este amor, lo que generó un ansia intolerante y sin motivación alguna, que les condujo a adoptar medidas más severas de las que habrían tomado unos padres de familia numerosa (en las que el amor está más disgregado). Sea como fuere, prevaleció la decisión de un castigo físico para el muchacho, e incluso Ruth, fría y temblorosa, convino en que así se debía proceder. Solamente preguntó, con un hilillo de voz apenas perceptible, si sería necesaria su presencia (la escena transcurriría en el estudio y el señor Benson sería el ejecutor) y al considerar que era mejor que se ausentara, se marchó, lenta y pesarosa, a su cámara en el piso de arriba, donde arrodillada se tapó los oídos y comenzó a rezar.


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