Ruth
Ruth La señorita Benson, después de haber convencido al resto de su propuesta, se arrepintió y mostró su disgusto por el pequeño, manifestando que prefería no continuar con aquel despropósito, pero el señor Benson, que había escuchado sus argumentos más de lo que lo hacía ahora con sus súplicas, simplemente le respondió:
—¡Si es lo justo, lo haremos!
Salió al jardín y con mucha parsimonia, como si quisiera detener el tiempo, eligió y cortó una pequeña rama de labiérnago. Luego volvió a entrar a través de la cocina donde, con mucha seriedad, tomó la mano del niño atemorizado y estupefacto, y en silencio lo condujo a su estudio. Se colocó frente a él y comenzó un sermón sobre la importancia de la sinceridad, concluyendo con aquello que él consideraba la moraleja de todos los castigos:
—Dado que no eres capaz de recordarlo por ti mismo, debo causarte un poco de dolor para que no lo olvides. Siento mucho tener que llegar a esto y que tú no puedas entenderlo sin mi intervención.
Pero antes de que llegara a la conclusión apropiada y deseada, mientras lo intentaba, con el corazón partido por la aterrorizada expresión del pequeño frente a aquellas palabras de reproche y a su rostro serio y ensombrecido, Sally irrumpió en la estancia: