Ruth
Ruth —¡Sally! —dijo la señorita Benson—. Mis cabellos están casi blancos. La última vez que me paré a mirarlos eran sólo sal y pimienta. ¿Qué puedo hacer?
—¿Hacer?… ¡Diablos!, la jovencita se pregunta qué cosa puede hacer —espetó con desprecio—. A su edad, nadie se interesará por usted, por el color de su cabello o por cosas de este tipo, eso sólo le preocupa a las muchachas que no han perdido aún las muelas del juicio.
—Y que muy probablemente no tienen ningún interés en perderlas —comentó la señorita Benson, sosegadamente—. ¡Estoy segura! Pero Sally, es verdaderamente trágico tener los cabellos grises sintiéndome tan joven. ¿Sabe? Cuando escucho alguna melodÃa alegre, de esas que tocan por la calle, tengo el mismo deseo de bailar que antes y cuando me siento feliz me entran ganas de cantar como lo hacÃa en otro tiempo. Sally, usted sabe perfectamente de lo que estoy hablando.
—¡Por supuesto! De jovencita lo hacÃa siempre —contestó Sally—, y más de una vez, cuando estaba cerrada la puerta, no sabÃa si era usted o un abejorro gigante el que causaba aquel estruendo. TodavÃa ayer la escuché cantar.
—Pero no es correcto que una vieja con el cabello gris tenga la costumbre de bailar o cantar —continuó la señorita Benson.