Ruth
Ruth Porque la señora Mason, aunque fuera la modista más notable del condado, era humana después de todo, y sufría por las mismas razones que afligían a sus aprendices. Aquella mañana era propensa a encontrar defectos a todo y en todo. Parecía que se había despertado resuelta a poner en orden el mundo —al menos el suyo—, con todo lo que ello suponía, antes de que llegase la noche. Y así los abusos y negligencias que por largo tiempo no había reprochado o se había limitado a hacer oídos sordos, aquel día salieron todos a la luz y fueron censurados duramente. En momentos como ése, sólo la perfección lograba satisfacerla.
La señora Mason tenía sus propias ideas de justicia, pero no eran precisamente buenas y justas. Eran similares a las ideas de igualdad de un tendero o un vendedor de té. El pequeño exceso de indulgencia de la noche anterior debía ser contrarrestado con un exceso de severidad; este modo de corregir los errores pasados satisfacía plenamente su conciencia.
Ruth no se sentía capaz de hacer un esfuerzo adicional y necesitó poner a prueba todas sus facultades para contentar a su superiora. La sastrería centelleaba de órdenes tajantes.
—¡Señorita Hilton! ¿Dónde ha puesto el persa azul? ¡Cada vez que no logro encontrar algo, sé que esa tarde le ha tocado ordenar a la señorita Hilton!