Ruth
Ruth La señora Bradshaw farfullaba suavemente contra su marido, siempre a sus espaldas, pero si escuchaba el eco de su voz o sus pasos acercándose, enmudecía y se apresuraba en hacer entender a sus hijas que debían adoptar la compostura que reclamaba su padre. Jemimah, es cierto, se revelaba contra este modo de proceder que para ella tenía un amargo sabor a engaño, pero por aquel entonces no había superado aún la subyugación que dominaba la relación con su padre, como para poder reaccionar de un modo autosuficiente y de acuerdo con su propio sentido de la justicia —o mejor dicho, de acuerdo con sus impulsos ardientes y apasionados—. La obstinación que en ocasiones hacía resplandecer sus ojos negros se aplacaba en presencia del padre. Éste no imaginaba el tormento interior que padecía su hija ni se había percatado en absoluto de los celos que sufría, probablemente por la envidia que tenía de su oscura tez. Jemimah no era una muchacha agraciada; su pequeño y achatado rostro le daba un aspecto más bien desagradable, aunque la mayoría de las personas admiraba la expresividad de su mirada (que se exaltaba o se enternecía con facilidad), el intenso color que su piel (habitualmente pálida) adquiría cada vez que le embargaban las emociones, y su perfecta dentadura que hacía que su sonrisa deslumbrara como un rayo de sol. Pero cuando no era tratada cortésmente, cuando tenía alguna inquietud o se enojaba consigo misma, su piel se tornaba nuevamente pálida, casi lívida, y una sombra tormentosa ofuscaba sus ojos como un velo. De cualquier modo, en presencia de su padre Jemimah hablaba excepcionalmente, y él no prestaba mucha atención a su rostro o a su color de piel.