Ruth

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El hecho de que el señor Farquhar descubriese esa rebeldía contra las leyes y las opiniones severas del padre que albergaba silenciosamente el corazón de Jemimah —rebeldía que ignoraban absolutamente todos los miembros de la familia— le hacía sospechar de sus sentimientos. El señor Farquhar compartía el parecer de Jemimah, pero de un modo más dócil. En efecto, aprobaba la mayor parte de lo que el señor Bradshaw hacía y decía, lo cual hacía parecer aún más extraño el hecho de que se preocupara instintivamente por Jemimah cuando se producía algún acontecimiento que pudiera disgustarla. Después de una velada en casa del señor Bradshaw en la que Jemimah había cuestionado y criticado ciertos juicios intolerantes del padre, el señor Farquhar, regresó a su casa contrariado e inquieto, casi temeroso de someter a examen sus propios sentimientos. Admiraba la inflexible integridad —aquella especie de triunfo de sus principios— que el señor Bradshaw demostraba en todo momento. Se preguntaba cómo era posible que Jemimah no se diera cuenta de la satisfacción que provocaba conducir una vida en la que cada acto se realizaba de acuerdo a la obediencia de una ley eterna y temía que ella, por el contrario, se sublevase contra cualquier tipo de norma, dejándose guiar exclusivamente por sus impulsos. El señor Farquhar había sido educado en la prudencia y la reflexión, en el terror a los impulsos, como si éstos fueran inducidos por el mismísimo diablo. Cuando intentaba presentarle las opiniones del padre bajo un distinto punto de vista —tratando de reconducir a ambos hacia aquel acuerdo que tanto deseaba—, ella lo fulminaba con la mirada, con toda la indignación y disentimiento que no osaba mostrar en presencia de su padre, como si un instinto divino le concediera el don de reconocer las cosas con una mayor veracidad de cuanto ellos, con toda la experiencia que tenían, pudieran alcanzar. Cuando Jemimah comenzaba a hablar, parecía que había en ella algo bueno, especial y elegante, pero su oposición la enfurecía e irritaba hasta el punto de que las discusiones que tenía con él (cada vez que se encontraban sin la presencia del padre), concluían siempre con Jemimah ofendiendo al señor Farquhar con alguna vehemente expresión; y él no podía soportar cómo la muchacha expiaba su propia rabia llorando y reprochándose, en cuanto se quedaba a solas en su habitación. Entonces se enfadaba consigo mismo, acusándose de no poder evitar sentir interés por aquella joven tan obstinada y se prometía una y otra vez no discutir más en el futuro; sin embargo, a la primera desavenencia, se esforzaba nuevamente en buscar argumentos capaces de devolver la armonía entre ellos, no obstante se había prometido hacer todo lo contrario.


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