Ruth

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La pobre Jemimah no estaba al tanto de que cuatro atentos ojos observaban su comportamiento cotidiano, mientras estaba tranquilamente sentada en soledad —o al menos eso creía ella—, en su habitación meditando sobre su gran secreto. En efecto, un intenso ataque de tristeza —con su temperamento impaciente y precipitado—, había provocado tal profundo malestar en el señor Farquhar, que éste decidió marcharse sin decir palabra, ni siquiera se despidió, salvo con una ligera y distante inclinación de la cabeza; comenzaba a sospechar que más que ser ignorada por él, más que ser objeto de su indiferencia —¡oh!—, prefería ser el centro de su ira y de sus reproches. Los confusos pensamientos que siguieron a esta confesión hecha a sí misma, la aturdieron y desconcertaron y, por uno que le hacía albergar esperanzas, diez le provocaban un terror desmedido. Por un instante decidió convertirse en todo aquello que él deseaba que fuera; por él, pensó en cambiar su propia índole. De repente, le asaltó un gran ímpetu de orgullo, apretó los dientes y decidió que o la amaba tal cual era o de lo contrario, no la amaba en absoluto. Si no la aceptaba con todos sus defectos, su estima no le interesaba. La palabra «amor» era demasiado noble para definir un sentimiento tan frío y calculado, como aquel del señor Farquhar que andaba a la búsqueda de una mujer que correspondiera con la idea preestablecida que tenía en mente. Era humillante, pensaba Jemimah, intentar modificar su modo de ser para obtener el amor de un hombre. Y sin embargo, si él no la amase, si la indiferencia de aquellos últimos días se hubiera prolongado en el tiempo, un gran sudario enterraría toda su vida. ¿Podría soportarlo?


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