Ruth
Ruth La presencia de su madre la despertó de su agonÃa; una agonÃa que no tenÃa valor para afrontar, pero a la que irremediablemente se dirigÃa.
—¡Jemimah! Tu padre quiere hablar contigo en el comedor.
—¿De qué? —preguntó la muchacha.
—¡Oh! Está inquieto por algo que el señor Farquhar me ha dicho y que yo le he trasladado. No pensé que hubiera nada de malo en ello, y ya sabes que tu padre quiere que le refiera todo lo que ocurre durante su ausencia.
Jemimah se presentó de mala gana ante su padre. Éste, estaba paseando absorto en sus pensamientos por la habitación y al momento no la vio.
—¡Oh, Jemimah! ¿Te ha comentado tu madre lo que tengo que decirte?
—¡No! —respondió Jemimah—. No exactamente.
—Me ha relatado un hecho que demuestra cuánto has debido ofender y disgustar al señor Farquhar, ya que de lo contrario no se habrÃa expresado jamás como lo ha hecho con tu madre, cuando abandonaba la casa. ¿Sabes qué ha dicho?
—¡No! —dijo Jemimah con el corazón encogido—. No tiene ningún derecho a hablar de mà —estaba desesperada, de otro modo no hubiera osado pronunciarse asà delante de su padre.