Ruth
Ruth —¡Ningún derecho! ¿Qué quieres decir, Jemimah? —dijo el señor Bradshaw girándose bruscamente—. Sabes de sobra que espero que un dÃa se convierta en tu marido, si es que tú demuestras estar a la altura de la excelente educación que te he procurado. Estoy seguro de que el señor Farquhar no desea tener por esposa a una jovencita tan indisciplinada.
Jemimah se aferró a una silla que se encontraba junto a ella. No habló y su padre se mostró satisfecho de su silencio —ése era el modo en que deseaba que se acatasen sus indicaciones.
—Pero no supondrás —continuó el señor Bradshaw— que el señor Farquhar consentirá en casarse contigo…
—Consentirá en casarse conmigo —susurró Jemimah profundamente indignada. ¿Eran aquéllos los términos en los que debÃa entregar su preciado corazón de mujer? ¿Con un plácido acuerdo de aceptación condescendiente, poco menos que con resignación por parte de aquel que lo debÃa recibir?