Ruth

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Las calles colindantes sufrieron todas aquellas proyecciones y realces prominentes; eran oscuras, mal pavimentadas con grandes guijarros redondos y desordenados, y privadas de aceras; no contaban con postes de alumbrado para las largas noches de invierno; no existía por tanto miramiento alguno hacia las necesidades de la clase media que no se desplazaba en carrozas de su propiedad ni en berlinas guiadas por cocheros hasta la misma entrada de las viviendas de sus amigos. Los profesionales y sus mujeres, los comerciantes y sus esposas y todas las personas de igual condición social, se movían a pie, corriendo un gran peligro tanto de día como de noche: los carruajes largos, lentos y poco manejables, los empujaban contra las paredes de las callejuelas angostas. Los fríos edificios proyectaban el último tramo de escalera casi hasta la calzada, obligando a los peatones a exponerse a un peligro, que eran capaces de evitar por escasos veinte o treinta pasos.

Más allá de esto, de noche, la única iluminación deslumbrante y llamativa provenía de las lámparas de aceite colgadas sobre las puertas de las mansiones más aristocráticas, haciendo visibles a los viandantes durante un breve trecho de calle, antes de ser nuevamente engullidos por la oscuridad donde no era infrecuente que los ladrones estuvieran aguardando a sus presas.


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