Ruth
Ruth —El rÃo no es tan profundo —dijo la anciana ansiosa por minimizar la deuda que habÃa contraÃdo con la persona que la habÃa ofendido—. Si ese jovenzuelo no hubiese estado en la zona, algún otro habrÃa salvado a mi nieto. Es un niño huérfano, Dios cuida de los desamparados, eso dicen. PreferirÃa que le hubiese avistado cualquier otra persona, en vez de uno que entra en casa de una pobre desgraciada sólo para insultarla.
—No ha venido sólo para insultarla —dijo Ruth cortésmente—. Ha venido con el pequeño Tom. Sólo ha dicho que la casa no está adecentada como debiera.
—¿Cómo? ¿Le defiende? Espere a llegar a mi edad, paralizada por el reumatismo y con un niño como Tom del que ocuparse, que está siempre metido en el barro o en el agua; y teniendo que reunir la comida para los dos (bien sabe Dios que casi siempre estamos fuera y que hago todo lo posible), e ir a buscar el agua hasta la cima de aquella escarpada colina.
La abuela vio interrumpido su discurso por un ataque de tos y Ruth aprovechó para cambiar sabiamente de argumento, preguntándole sobre las necesidades del pequeño, cuestiones que fueron atendidas rápidamente por el médico.