Ruth

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Su mente reposó pensando en Leonard. No osó mirar al pasado, pero podía imaginarlo claramente en el presente. Se detuvo en sus reflexiones sobre su hijo hasta llegar a temer más aún al padre. A la luz de la pureza e inocencia de su niño, vislumbró claramente el mal, y siempre con mayor nitidez. Pensó que si Leonard llegara algún día a conocer la naturaleza de su nacimiento, no tendría más remedio que desaparecer. No comprendería jamás —un corazón humano no podría jamás entender— su ignorante inocencia y todas aquellas pequeñas circunstancias que le habían empujado a actuar de aquel modo. Pero Dios sí lo entendía. Y si Leonard averiguara los errores de su madre, sólo le quedaría la muerte, porque en ese momento, sentiría que sólo ese final inocente evitaría su futura agonía. Pero no era fácil tomar semejante vía de escape. De improviso un nuevo pensamiento acudió a su mente, y rogó poder ser purificada, aún a costa de padecer un sufrimiento extremo. Cualquier prueba, pena o dolor desmesurado que Dios considerara un castigo oportuno, lo acataría con resignación, si con ello alcanzaba junto a Él, un lugar en el paraíso. ¡Ay de mí! No podemos evitar tratar de huir del sufrimiento. Aquella parte de su plegaria resultó del todo infructuosa. Y por lo que concierne al resto, ¿la indiscutible justicia de Su ley, no la estaba descubriendo en aquel momento? Una vez que se infringen Sus leyes, Su justicia, la esencia misma de aquellas leyes nos conduce irremediablemente al castigo. Sin embargo, si nos dirigimos a Él arrepentidos, nos concede la oportunidad de soportar nuestra penitencia con un corazón manso y dócil, «porque su misericordia es eterna»[92].


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