Ruth

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Mientras estaba «luchando» con ciruelas silvestres que estaban ya en el fuego, oí que llamaban a la puerta. Mi hermano había salido, Sally estaba fregando los platos y yo revolviendo la confitura, vestida con el delantal y el pechero, así que le pedía Leonard que volviera del jardín y abriera la puerta. ¡Pero si hubiera adivinado de quién se trataba, le hubiera lavado la cara antes! Eran el señor Bradshaw y el señor Donne, al que esperan mandar a la Cámara de los Comunes como representante parlamentario de Eccleston, y otro caballero del que no había oído hablar jamás. Habían venido por la propaganda electoral y cuando supieron que mi hermano no se encontraba en casa, le preguntaron a Leonard si yo podría recibirles. El niño les contestó: «¡Sí!, si consigo que se aparte de las ciruelas», y vino a llamarme inmediatamente, dejándolos allí en pie en el corredor. Por mi parte, me despojé del delantal, cogí a Leonard de la mano, imaginando que así me sentiría menos incómoda, me dirigía ellos y les invité a pasar al estudio, pensando que sería bueno que vieran la cantidad de libros que tenía Thurstan. Al instante empezaron a hablarme de política de un modo cortés, aunque yo no entendía nada de lo que estaban diciendo. El señor Donne mostró una particular predilección por Leonard, le llamó y estoy segura de que se dio cuenta de lo noble y hermoso que es, a pesar de que tenía la cara sucia —de algo pringoso marrón y rojo—, estaba sudado después de haber excavado en la tierra, y sus rizos estaban revueltos. Leonard le contestaba como si lo conociera de toda la vida, hasta que me pareció escuchar que el señor Bradshaw le recriminó que estaba haciendo demasiado ruido y le invitó a que recordara que debía hacerse ver, pero no escuchar. A partir de ese momento, permaneció inmóvil y rígido como un soldado, junto al señor Donne, y como no pude evitar contemplarlos a los dos juntos y admirar la belleza de ambos, cada uno a su modo, no conseguí explicarle a Thurstan ni siquiera la mitad de los mensajes que aquellos caballeros habían dejado para él. Pero todavía tengo una cosa más que contarte, aunque me había comprometido a no hacerlo. Mientras el señor Donne estaba hablando con Leonard, se quitó la cadena del reloj y la colocó alrededor del cuello del niño, que se puso muy contento, puedes estar segura. Le pedí a Leonard que se la restituyera al señor cuando éste se marchaba, pero, para mi sorpresa y azoramiento, el señor Donne manifestó que se la había regalado y que debía conservarla como si fuera suya. Me percaté de que este detalle molestó al señor Bradshaw, porque escuché que le decía: «Muy descarado». No olvidaré jamás la mirada fiera y obstinada que le lanzó el señor Donne, ni el modo en que le contestó: «No le consiento a nadie que se inmiscuya en lo que hago con mis pertenencias». Parecía tan alterado y contrariado que no me atreví a pronunciar palabra. Pero cuando le conté a Thurstan lo que había pasado, se disgustó y se enojó argumentando que, a pesar de que había escuchado rumores de que en nuestro partido se daban casos de corrupción, no se hubiera imaginado nunca que ésta llegaría a su propia casa. Thurstan está hastiado de estas elecciones en general, y en efecto, están creando una gran confusión en la ciudad. De todos modos, le ha devuelto el reloj al señor Bradshaw junto con una carta. Leonard se lo ha tomado muy bien y por este motivo para la cena le dejé probar la mermelada de ciruelas untada en pan.


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