Ruth
Ruth —Son muchas cosas —exclamó—, tantas cosas que pueden incidir sobre su entera existencia. Pero todo depende de un factor: ¿quieres o no quieres escuchar lo que tengo que decirte?
—Le escucho.
—¡Santo cielo! Ruth, conseguirás que me vuelva loco. ¡Oh! ¡Eres tan distinta de aquella dulce y amable criatura que recuerdo! DesearÃa que no fueras tan hermosa.
No replicó, pero percibió un profundo e involuntario suspiro.
—Tienes que escucharme aunque el principio de mi discurso no incumba al niño, un niño del que cualquier madre y cualquier padre, se sentirÃa orgulloso. He podido apreciarlo, Ruth. Le he visto. ParecÃa un prÃncipe, en aquella angosta y mÃsera morada, sin ninguna comodidad terrenal. Es un pecado que no disponga de un amplio abanico de oportunidades a su disposición.