Ruth
Ruth —¡EscĂşcheme! —ahora que habĂa comprendido cuáles eran sus intenciones—. La vergĂĽenza de reconocer que he sido feliz con usted, tanto tiempo atrás, me estaba sofocando. Y sin embargo, quizá me estĂ© engañando a mĂ misma. Era muy joven; no sabĂa hasta quĂ© punto una vida semejante era contraria a la pura y santa voluntad de Dios. Al menos, no como ahora. Y le dirĂ© la verdad: cada dĂa, desde que vivo con esta mancha en lo más profundo de mi alma, una mancha que ha hecho que me odie a mĂ misma y envidiar a quien permanece inmaculado e incorrupto, que ha hecho que me avergĂĽence ante mi hijo, ante el señor Benson, ante su hermana, ante las inocentes muchachas a quienes enseño, pues bien, desde ese dĂa, siento un gran temor de la mirada de Dios. Entonces me equivoquĂ©, pero lo hice ciegamente, a diferencia de lo que pudiera hacer ahora, si le escuchase.