Ruth
Ruth Estaba tan conmocionada que llevándose las manos a su cara comenzó a sollozar sin control. Después, retirando las manos, le miró con rostro ardiente y ojos bellos, honestos y bañados en lágrimas; intentó hablar con tranquilidad, mientras preguntaba si debía permanecer allí por más tiempo (se habría marchado inmediatamente si no hubiera pensado en Leonard y en lo que su padre tenía que decirle). Éste se sintió nuevamente sacudido por su belleza, pero no fue capaz de comprenderla; creía que simplemente necesitaba un poco más de valor para consentir en aquello que él le proponía. En efecto, en sus palabras no había rastro de rabia o de resentimiento por su abandono, hecho que esperaba fuera el aspecto más importante, el mayor obstáculo que tendría que afrontar. Confundió su profundo arrepentimiento con una vergüenza terrenal, que él pensaba, sería fácil de mitigar.
—Sí, aún no he dicho ni siquiera la mitad de lo que tengo que decir. No puedo expresar con palabras, con cuánto afecto… Con cuánto afecto te amo y cómo dedicaré mi vida a satisfacer tus deseos. Veo… sé que desprecias el dinero…
—¡Señor Bellingham! No le consentiré que se dirija a mí nunca más. He pecado, pero no será usted quien… —no conseguía hablar, sofocada por un profundo dolor.