Ruth
Ruth —Ya lo he hecho —dijo solemnemente—. Por ahorrarle a Leonard la vergüenza y la agonÃa de mi deshonra, me dejarÃa morir. ¡Oh! Quizá serÃa lo mejor para él… para mÃ, si lo hiciera. Mi muerte no causarÃa un dolor tan intenso, pero recaer en el pecado serÃa demasiado cruel para él. Los errores de mi juventud pueden ser lavados con mis lágrimas, ya ha ocurrido asà una vez, cuando Cristo, dulce y beato, estaba en este mundo, pero si ahora me obstinara en mi culpa, como usted pretende, ¿con qué dignidad podrÃa enseñar a Leonard la santa voluntad de Dios? No puedo preocuparme porque descubra el pecado de mi pasado si confronto esta eventualidad con la terrible caÃda que le supondrÃa el saber que vivo ahora como usted pretende que lo haga, sin temor alguno de Dios…
Sus palabras emanaban rotas por los sollozos.
—Cualquiera que sea mi destino, Dios es justo, me pongo en Sus manos. Protegeré a Leonard del mal. Y serÃa malo para él vivir con usted. ¡Antes preferirÃa su muerte!
Alzó los ojos al cielo, unió sus manos y entrelazó sus dedos. Después añadió:
—Me ha humillado ya bastante, señor. Ahora debo marcharme.
Se giró con decisión. El pescador oscuro y gris estaba muy cerca. El señor Donne se cruzó de brazos, apretó los dientes y la siguió con la mirada.