Ruth
Ruth Apenas salió de la iglesia fue alcanzada por el señor Bellingham; por una parte Ruth esperaba que se hubiese olvidado de la cita; por otro lado, deseaba librarse de su responsabilidad. Cuando reconoció a su espalda los pasos de él, sus sentimientos encontrados le hicieron latir fuertemente el corazón y deseó ardientemente escapar de allí.
—La señorita Hilton, si no me equivoco —dijo él adelantándola e inclinándose para poder vislumbrar el rostro bermellón de Ruth—. ¿Cómo se encuentra nuestro pequeño marinero? Espero que bien, a juzgar por los síntomas del otro día.
—Creo, señor, que se halla bastante bien. Lo siento pero no he podido ir a verlo todavía. Lo siento mucho, de verdad, no ha podido ser de otro modo. Pero he comprado algunas cosas a través de otra persona. Las he apuntado todas en esta hoja; y aquí tiene su bolsa, señor, porque temo que no podré hacer nada más por él. Tenemos una enferma en casa que nos tiene muy ocupadas.
Últimamente Ruth estaba tan habituada a ser increpada que esperaba reproches y críticas por no haber cumplido su promesa adecuadamente. Durante el silencio que siguió a su discurso, Ruth no imaginaba que el señor Bellingham estaba más ocupado en buscar una excusa para encontrarla de nuevo que descontento por el hecho de que no le refiriera un informe más detallado del pequeño, por el cual había dejado de sentir interés alguno.