Ruth

Ruth

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Fue así como Jemimah dejó de esquivar a Ruth; ni siquiera le demostró con palabras o miradas el disgusto que durante tanto tiempo se había preocupado de ocultar. Ruth se dio cuenta de que Jemimah buscaba siempre la ocasión para estar con ella cuando se encontraba en casa de los Bradshaw; ya fuera cuando impartía las lecciones diarias a Mary y Elizabeth, ya fuera cuando acudía de invitada acompañando al señor y la señorita Benson, o sola. Hasta aquel momento Jemimah había empleado sus mejores modales para ocultar la irritación con que prefería abandonar una estancia antes que tener ningún tipo de contacto con Ruth —para evitar que le encomendaran la labor de entretenerla en algún momento de la velada—. Habían pasado meses desde que Jemimah había dejado de participar en las lecciones, como había sido su deseo durante los primeros años de Ruth como institutriz. Ahora, cada mañana la señorita Bradshaw se sentaba en un taburete junto a la ventana, bordando o escribiendo; pero cualquier cosa que cosiera, escribiera o leyera, Ruth sentía su mirada fija sobre ella. Al principio, Ruth acogió de buen grado este cambio en sus costumbres y en su comportamiento como si quisiera darle una oportunidad, pensaba, a través de una paciente espera o alguna que otra demostración de amor eterno y constante, reconquistar la estima de su amiga perdida; pero al poco tiempo, la gélida frialdad, gris e inmutable, se instaló en su corazón con más fuerza de lo que hubieran podido hacer tantas bruscas y desconsideradas palabras. En efecto, éstas podrían atribuirse a fogosos impulsos de un carácter irritable, a la rabia violenta de una acusadora; pero aquellos comedidos modales eran el resultado consciente de un sentimiento profundamente arraigado; aquella dura frialdad se correspondía con la calma implacable de un juez severo. Su mirada, que Ruth notaba siempre sobre ella, la hacía estremecerse inconscientemente como le sucedería a quien se percata de que los impasibles ojos de la muerte están visiblemente fijados sobre él. En presencia de Jemimah se mostraba fuerte y concisa como si le atravesara un viento áspero y cortante. Jemimah canalizaba sus fuerzas en su único objeto de control, Ruth. A veces su misión era ciertamente dolorosa; la constante tensión extenuaba su ánimo; se lamentaba en voz alta y cargaba contra las circunstancias (no osaba llegar más allá, al Creador de las circunstancias), por haberla privado de su crédula y feliz ignorancia.


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