Ruth
Ruth Jemimah veía y comprendía. Entendió también el motivo por el que algunos paquetes habían sido apartados cuidadosamente, separados del resto de adquisiciones compuestas por juguetes suizos y joyas, con las cuales el señor Farquhar había demostrado que no se había olvidado de ninguno durante su ausencia. Antes del final de la velada, Jemimah fue bien consciente de que su corazón sufridor seguía recordando cómo ser celoso. Su hermano, para pasar inadvertido, no concedió ni una palabra, una mirada o episodio que pudiera ser entendido por el señor Farquhar como una referencia a Ruth; puso constantemente en evidencia a su hermana sin imaginar la tortura que le estaba infligiendo, ansioso solamente por demostrar su inmensa agudeza. En un cierto punto, Jemimah no lo soportó más y abandonó la sala. Fue a la cámara en la que se impartían las clases donde las persianas no se cerraban nunca ya que sólo daba al jardín. Abrió la ventana para dejar que la fresca brisa nocturna acariciara sus ardientes mejillas. Las nubes se estaban precipitando hacia la cara de la luna con paso turbulento e inconstante, dando una apariencia de irrealidad; ahora iluminada con su fulgente luz, ahora oscilante y temblorosa en la sombra. El dolor de su corazón le ofuscaba la mente. Descansó su cabeza en los brazos apoyados en el alféizar de la ventana y sintió un mareo ante la malsana y extenuante idea de que la tierra vagaba desordenada y sin rumbo a través de los cielos, donde las cosas aparecían como en un agitado y vertiginoso naufragio de nubes. Estaba sufriendo una pesadilla con los ojos abiertos, de cuya penosa tristeza fue por fortuna despertada por la aparición de Dick.