Ruth
Ruth Entonces él se marchó. En aquel momento se hubiera sentido agradecida de caer en la inconsciencia, desmayándose; aquella breve frase era portadora de un enorme valor según la mente impetuosa y susceptible de Ruth. El señor y la señorita Benson, y todos los de la casa, no hablarían jamás con el muchacho, pero en casa, solo, ¿se encontraría a salvo de aquello que apenas había comenzado a temer? Le obsesionaba cada una de las posibles modalidades en que la vergüenza y la infamia podrían abrumar a su tesoro. Por el amor que le profesaba había hecho un gran ejercicio de autocontrol desde que lo había encontrado en la puerta de casa; ahora sufría las consecuencias. Su presencia hizo que mantuviera la mente en perfecto equilibrio. Una vez lejos, advirtió el efecto de la fatiga que padeció para que no le abandonaran las fuerzas. Junto a las alucinaciones a causa de la fiebre que le nublaban el juicio, giraba ante ella una especie de fuego fatuo; la instigaban a éste o a aquél otro modo de actuar —a todo menos a la resignación paciente— que realzara su estado de sufrimiento con algún imprevisto esfuerzo espasmódico que le aparecía como sabio y justo. Poco a poco todos sus deseos, todos sus antojos, se fijaron en un único punto. ¿Qué le había hecho, qué le podía hacer sino daño? Si estuviera lejos, si se marchara donde ninguno la encontrara —desvanecida en el misterio como si estuviera muerta—, quizá los crueles corazones se ablandarían y mostrarían piedad por Leonard; al contrario, su constante presencia no haría más que evocar el recuerdo de su nacimiento. Así razonaba su candente y ofuscada mente; y proyectaba sus planes en consecuencia.