Ruth
Ruth —¡No! —exclamó—. No creo que pueda llamarle asÃ. Usted es demasiado mayor. No serÃa respetuoso.
Simplemente pretendÃa hacer una broma, no imaginó que él se tomarÃa la alusión a su edad, de modo tan serio. Se levantó y frÃamente, por pura formalidad, cambiando el tono de su voz, le dijo «Adiós». El corazón de Jemimah se derrumbó; el antiguo orgullo estaba aún presente. Pero cuando él se dirigÃa a la puerta, un impulso la obligó a hablar:
—¿No le habré enojado, verdad, Walter?
Él se giró, encendiéndose con un escalofrÃo de placer. Estaba tan encarnada como ninguna rosa lo estarÃa; dirigió su mirada al suelo.
Aún no se habÃa alzado, cuando media hora después, le dijo:
—¿Usted no me impedirá que visite a Ruth, verdad? Porque si lo hace, le anuncio que le desobedeceré.
El brazo en torno a su cintura, la estrechó aún más tiernamente ante la idea —sugerida por estas palabras—, del control que él en un futuro tendrÃa derecho a ejercitar sobre sus actos.
—DÃgame —contestó—, ¿cuánta de su cordial amabilidad de esta última hora feliz, se debe a su deseo de gozar de una mayor libertad como esposa de la que tiene ahora como hija?