Ruth

Ruth

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La conversación que tuvo lugar entre el señor Farquhar y Jemimah, narrada en el capítulo precedente, se produjo alrededor de un año después del despido de Ruth como institutriz. Aquel año lleno de pequeños cambios y eventos para los Bradshaw, fue por el contrario, tediosamente monótono para los Benson. No faltaron la paz y la tranquilidad, disfrutaron de ellas quizá más que en años anteriores, cuando, aunque ninguno lo admitiese, cada uno de ellos advertía la opresión de la mentira, y un ligero y fugaz temor mortificaba su existencia por miedo a que el misterio fuera desvelado. Pero ahora, como cantaba alegremente el pastor John Bunyan[104], «aquel que se encuentra en lo más profundo del abismo, no tiene miedo a caer». Y sin embargo, su paz se asemejaba a la quietud de una gris jornada otoñal en la que no hay rastro de sol y en la que una espesa película parece extenderse sobre cielo y tierra como para hacer reposar los ojos cansados de la cegadora luz estival. Pocos acontecimientos rompieron la monotonía de sus vidas, y los que lo hicieron, fueron deprimentes. Éstos consistían en las inútiles tentativas de Ruth por obtener un empleo cualquiera, aunque fuera humilde; en los continuos cambios de ánimo y salud de Leonard; en la creciente sordera de Sally; en el definitivo e irreparable deterioro de la alfombra del saloncito, para cuya sustitución no había fondos, y que fue reemplazada por un pequeño tapiz de chimenea que Ruth confeccionó con antiguos retales de diferentes telas; y el mayor motivo de disgusto para el señor Benson, en la deserción de algunos miembros de su congregación, que siguieron el ejemplo del señor Bradshaw. Su lugar, claro, fue más que cubierto por los pobres que se agolpaban a la puerta de su iglesia; pero era decepcionante descubrir cómo personas de las que se había ocupado asiduamente —y en cuyo favor había trabajado duramente— interrumpieron sus relaciones sin una palabra de despedida o una explicación. El señor Benson no se sorprendía de su desaparición; no, incluso pensaba que era justo que buscaran ayuda espiritual en algún otro, desde el momento en que él mismo, con su error, había renunciado a ofrecer su propia disposición. Pero le hubiera gustado que hablaran con él sobre sus intenciones de un modo abierto y valeroso. Con todo y eso, trabajaba para aquéllos a los que Dios les permitía ser de utilidad. Sentía que la edad avanzaba con buen paso, si bien no hablaba de ello y nadie parecía darse cuenta; así que trabajaba lo más diligentemente posible «mientras duraba el día»[105]. No era su edad lo que le hacía sentirse viejo, ya que sólo tenía sesenta años —y muchos hombres gozan de buena salud a esta edad—, probablemente era aquella última herida en su espalda la que, afectando la disposición de su mente —tanto o más que la de su cuerpo—, le predispuso, al menos en opinión de algunos, a la patología de la conciencia femenina. Se había recuperado, en parte, de la ruptura con el señor Bradshaw; era más puro y digno de lo que lo fuera en los últimos años, en los que se mostraba ansioso y confuso, y más proclive a pensar que a actuar.


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