Ruth
Ruth Tarde tras tarde, el señor Benson acudía para tener novedades de Ruth. Y noche tras noche, regresaba con buenas noticias. La fiebre, es cierto, hacía estragos, pero ninguna infección se abatió sobre ella. El señor Benson decía que el rostro de Ruth se veía sereno y luminoso —excepto cuando se ensombrecía por el sufrimiento que le provocaba el recuento de muertos a pesar de sus cuidados— y decía que jamás lo había visto tan hermoso y dulce como ahora que vivía rodeada de la enfermedad y el dolor.
Una tarde —visto que las investigaciones sobre la enfermedad parecían estar dando sus frutos—, Leonard le acompañó hasta la calle que desembocaba en el hospital. El señor Benson lo dejó allí, diciéndole que regresara a casa; el muchacho vaciló, atraído por la multitud que se había reunido para mirar atentamente hacia las ventanas iluminadas del hospital. No se podía ver nada, pero la mayor parte de aquellas desgraciadas gentes tenía amigos o parientes en aquel edificio de la Muerte.
Leonard permanecía inmóvil escuchando. Al principio los discursos consistían en vagos y exagerados balances —si es que se pueden considerar exagerados— sobre los horrores de la fiebre. Después hablaron de Ruth, de su madre, y Leonard contuvo el aliento para escuchar detenidamente.