Ruth
Ruth Inmediatamente se alzó un clamor de voces, cada una de ellas con un relato diferente sobre la amabilidad de su madre, hasta que Leonard giró la cabeza a causa del latido de su corazón, feliz y orgulloso. Pocos sabían lo que había hecho: Ruth no hablaba jamás, rehuyendo con dulce timidez cada una de las alusiones a su trabajo. Su mano izquierda, verdaderamente, ignoraba lo que hacía la derecha. Ahora, Leonard, estaba asombrado al sentir el amor y el respeto con el que los pobres y marginados la rodeaban. Fue incontenible. Dio un salto hacia adelante con porte orgulloso, y tocando el brazo del anciano que había hablado, intentó decirle algo; pero por algunos segundos no fue capaz de pronunciar palabra, su corazón rebosaba: las lágrimas llegaron antes que las palabras, pero se recompuso y consiguió decir:
—¡Señor, yo soy su hijo!
—¡Tú! ¡Tú, su hijo! Dios te bendiga, muchacho —gritó otra mujer entre la multitud—. La noche pasada consiguió calmar a mi pequeño, cantándole salmos durante toda la noche. En voz baja y con ternura, me han contado, incluso logró aplacar a tantos otros pobres desgraciados, que aunque fuera de sí, no habían escuchado un salmo en años. ¡Que Dios te bendiga, muchacho!
Otras muchas personas afectadas, empujaban la marea hacia adelante incontroladamente, con bendiciones hacia el hijo de Ruth, mientras Leonard sólo podía repetir: