Ruth
Ruth Ruth se había acercado a aquella figura demente y furiosa y con dulce autoridad, había hecho que se acostara; después, poniendo un cubo de agua fría junto a la cama, metió en ella sus manos gentiles para luego expandir su frescura sobre la frente ardiente del enfermo, hablando todo el tiempo con voz baja y serena, a modo de encantamiento que acallaba las palabras delirantes.
—Me quedaré —dijo el doctor, después de haber examinado al paciente—. Es demasiado trabajo para usted sola. Y también para calmar los miedos de este fiel sirviente desgraciado.