Ruth
Ruth Todos permanecían junto a su cabecera, sin hablar, suspirar ni siquiera lamentarse: estaban demasiado impresionados ante la exquisita paz que emanaba de su rostro. De repente, Ruth abrió los ojos y miró atentamente al frente como si hubiera tenido una alegre visión que le provocó una adorable, quieta y estupefacta sonrisa. Todos contuvieron el aliento.
—Puedo ver la Luz. La Luz está llegando —dijo.
Alzándose lentamente alargó los brazos, para inmediatamente caer desvanecida, inmóvil para la eternidad.
Todos enmudecieron. El señor Davis fue el primero en hablar.
—¡Todo terminó! —dijo—. ¡Ha muerto!
En la habitación resonó el irrefrenable llanto de Leonard.
—¡Madre! ¡Madre! ¡Madre! ¡No puedes abandonarme! ¡No me dejes solo! ¡No te mueras! ¡Madre! ¡Madre!
Hasta aquel momento Leonard había contenido su dolor, para que su llanto no enturbiara la inefable serenidad de su madre. Pero ahora, en la casa se escuchaba un único lamento, de aquél que se negaba a ser consolado.
—¡Madre! ¡Madre!
Pero Ruth yacía muerta.