Ruth
Ruth Pasearon por senderos perfumados, como si su demora pudiera dilatar el tiempo y detener los corceles con herraduras ardientes que galopaban a paso ligero al encuentro del fin de aquel feliz dÃa.[15] Eran ya pasadas las cinco cuando llegaron a la gran rueda de molino que proyectando una sombra marrón sobre el terreno, reposaba inmóvil en el dÃa del Señor, todavÃa húmeda a causa de las inmersiones del dÃa anterior en aquel agua profunda y transparente. Caminaban de la mano —subiendo la pequeña colina no del todo cubierta aún por la sombra de los olmos de grueso ramaje—, cuando de improviso, Ruth hizo detener al señor Bellingham con un ligero movimiento de la mano, mirándole el rostro para observar su expresión al divisar Milham Grange (que en aquel momento yacÃa serena y ensombrecida delante de ellos). Era una casa hecha de reflexiones; en las cercanÃas habÃa una abundante cantidad de material de construcción; cada nuevo propietario habÃa advertido la necesidad de aportar algunas mejoras —construyendo terrazas y balcones— hasta convertirla en un pintoresco amasijo de irregularidades —de luces y sombras fragmentadas— que, en su conjunto, daban una idea de «casa». Todas sus vigas y oquedades estaban amalgamadas y cubiertas por el verde tenue de las rosas y de otras jóvenes plantas trepadoras. En la casa, a la espera de ser alquilada, vivÃa una pareja de ancianos que residÃa en la parte posterior y no usaba nunca la puerta principal; asÃ, los pájaros habÃan hecho sus nidos y estaban apoyados en los alféizares de las ventanas, sobre el porche, y sobre la vieja cisterna de piedra que recogÃa el agua de las goteras del tejado.