Ruth

Ruth

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Caminaron silenciosamente entre la hierba alta del jardín, lleno de delicadas flores primaverales. Una araña tejía su tela en lo alto de la puerta principal. Cuando Ruth la vio, sintió una profunda tristeza al pensar que nadie había atravesado aquella puerta desde que había salido el cuerpo sin vida de su padre; y así, sin pronunciar palabra, se giró bruscamente y rodeó la casa hasta una entrada secundaria. El señor Bellingham la siguió sin hacer preguntas; no entendía muy bien sus sentimientos pero estaba conmovido por los cambios de expresión que veía nacer en su rostro.

La anciana señora no había regresado aún de la iglesia o de la reunión que semanalmente tenía con sus amigas para chismotear —después de misa—, delante de una taza de té. El marido estaba sentado en la cocina, recitando en voz alta los salmos del día, de su libro de plegarias —costumbre que había adquirido a causa de la sordera que lo había dejado doblemente solo—. Ruth y el señor Bellingham entraron silenciosamente en la casa, sin hacerse sentir, y fueron sorprendidos por aquel eco espectral que parece impregnar las casas deshabitadas y no del todo amuebladas. El hombre estaba leyendo estos versos:

¿Por qué te entristeces, alma mía?,

¿por qué gimes por mí?

Cree en Dios, aún podré alabarlo. Él,

salvación de mi rostro y mi Dios.[16]


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