Ruth
Ruth Cuando terminó, cerró el libro y suspiró con la satisfacción de quien ha cumplido con su deber. Aquellas palabras de fe, si bien no las comprendía totalmente, le daban una paz devota en lo más profundo de su alma. Después, alzó la mirada y vio a la joven pareja que estaba en pie en medio de la estancia. Puso sobre la frente sus gafas de montura de hierro y se levantó para recibir a la hija de su viejo patrón y de su siempre venerada patrona.
—Dios te bendiga, muchacha. ¡Dios te bendiga! Mis ancianos ojos están dichosos de volver a verte.
Ruth avanzó para estrechar la mano callosa extendida en señal de bendición. La tomó entre las suyas, inundándole de preguntas. El señor Bellingham no se encontraba del todo cómodo, viendo a aquella que comenzaba a considerar como algo suyo, en tierna familiaridad con un jornalero de modales toscos y hábito humilde. Se alejó con indiferencia hacia la ventana y observó el patio de hierba de la factoría; sin embargo, no pudo evitar escuchar al vuelo, parte de la conversación que a él le pareció que se desarrollaba en un plano excesivamente paritario.
—¿Y quién es aquél de ahí? —preguntó al final el viejo jornalero—. ¿Es tu enamorado? Será el hijo de tu señora; en cualquier caso parece un dandy.