Ruth
Ruth «La sangre de todos los Howards»[17] del señor Bellingham le subió al cerebro y le hormigueó las orejas, de tal modo que no logró escuchar la respuesta de Ruth. Ésta comenzaba con un «calla, Thomas; te lo ruego, calla», pero no pudo sentir con claridad el resto de la conversación. ¡El hijo de la señora Mason, qué estupidez! Era verdaderamente una ridiculez y como tantas otras cosas «ridículas», le enfureció. Apenas había vuelto en sí cuando Ruth se acercó a él tímidamente junto al vano de la ventana, preguntándole si quería visitar la sala de la casa que daba acceso a la puerta principal.
—Mucha gente la encuentra particularmente graciosa —dijo un poco dubitativa, porque sin saber la razón el rostro de él había adquirido una expresión seria y altiva, que no pudo suavizar al instante. Sin embargo la siguió, aunque antes de abandonar la cocina, vio al viejo en pie, que lo miraba seriamente con un extraño aire de insatisfacción.