Ruth
Ruth Después de atravesar algún que otro tortuoso corredor de piedra —maloliente a causa de la humedad—, entraron en la sala, que era el típico saloncito que se podía encontrar en las casas de campo de aquella parte del país. La puerta principal daba acceso a alguna habitación adyacente, como la despensa, la cuidada habitación de invitados (casi un saloncito) y la habitación de la difunta señora Hilton, desde la cual, sentada o más frecuentemente acostada, dirigía el ajetreo de la casa, a través de la puerta abierta. En aquellos días, en la sala reinaba una atmósfera alegre y llena de vida: el marido, la hija y los criados entraban y salían continuamente; cada tarde se encendía una gran hoguera de leña que crepitaba alegremente en la chimenea, incluso en los calurosos días de verano, ya que en aquella estancia, con sus gruesos muros de piedra, sus amplios bancos situados al pie de las ventanas, sus cortinas bordadas con hojas de parra y hiedra, y su piso pavimentado, se necesitaba continuamente del relumbre y del calor vivaz del fuego. Pero ahora, la verde sombra que la vegetación proyectaba en el interior de la sala, aparecía negra en aquella desolación sin vida. La mesa de juegos de roble, el macizo aparador, y los armarios labrados, estaban opacos y húmedos, cuando en su momento lucían como espejos, tanto que la llama de la chimenea se reflejaba constantemente en ellos; ahora, tanto el mobiliario como el pavimento podrido por la humedad, no hacía más que aumentar la tristeza deprimente que dominaba la estancia. Ruth miró a su alrededor, pero no observó nada de todo esto. Como en una visión, volvió a su mente una noche de su niñez: su padre, sentado junto al fuego en el «rincón del patrón de la casa», fumaba tranquilamente la pipa y observaba con mirada absorta a su mujer y a su hija; su madre, entretanto, le leía un libro, mientras ella estaba sentada en una silla a sus pies. Todo esto se había esfumado, perdido en las tinieblas, pero en aquel momento parecía tan auténtico en aquella vieja sala, que Ruth confundió la vida real con el sueño. Más tarde, siempre en silencio, entró en el saloncito de la madre, y el corazón se le congeló al ver el aspecto desolado que tenía aquello que una vez respiraba paz y amor materno. Lanzó un grito y se dejó caer en el sofá, escondiendo su rostro entre las manos, temblorosa por los sofocados sollozos.