Vida de Charlotte Bronte

Vida de Charlotte Bronte

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Charlotte regresó a Bruselas hacia finales de enero. El viaje fue bastante desastroso. Tuvo que hacerlo sola; y el tren de Leeds a Londres, que debería haber llegado a la plaza Euston a primera hora de la tarde, se retrasó tanto que no llegó hasta las diez de la noche. Había pensado ir a la Chapter Coffee-House, donde se había alojado anteriormente y que quedaba cerca de donde estaban los barcos; pero al parecer la asustó la idea de presentarse a una hora tan avanzada e impropia para los criterios de Yorkshire. Así que tomó un coche en la estación y fue directamente al embarcadero del puente de Londres, donde pidió a un barquero que la llevara hasta el paquebote Ostende, que saldría a la mañana siguiente. Ella misma me describió, más o menos como haría después en Villette, su sensación de soledad y, al mismo tiempo, sin embargo, el extraño placer que le producía la situación cuando cruzaba rápidamente el río oscuro en plena noche hasta el costado del negro casco del buque, donde al principio le prohibieron subir a cubierta. «Los pasajeros no pueden dormir a bordo», le dijeron, en tono muy poco respetuoso. Se volvió entonces hacia las luces y los ruidos apagados de Londres (aquel «corazón potente» en el que no había lugar para ella), se irguió en el bote balanceante y dijo que quería hablar con el oficial superior que estuviera a bordo. Acudió el mismo, y la serena y simple exposición de su deseo y la razón del mismo disipó el recelo despectivo de aquellos con quienes había hablado primero; el oficial accedió amablemente a sus deseos y le permitió subir a bordo y ocupar un camarote. El barco zarpó a la mañana siguiente. Charlotte llegó a la Rue d’Isabelle el domingo a las siete de la tarde, tras haber salido de Haworth el viernes por la mañana a primera hora.


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